Mary Frances Attías Antún es una fotógrafa, escritora y artista visual dominicana de ascendencia libanesa. Su práctica se desarrolla entre la fotografía, la literatura, el dibujo y la pintura, explorando la identidad, la memoria, el tiempo y la fragilidad de la condición humana. A través del paisaje, el retrato y la fotografía de calle, encuentra en las experiencias cotidianas una vía para reflexionar sobre los vínculos, las ausencias y las transformaciones de aquello que nos rodea.

Su trayectoria artística se ha desarrollado paralelamente a su vida profesional en el ámbito empresarial. Es ingeniera en Sistemas, cuenta con estudios de posgrado en Comercio Exterior y Economía Internacional, y una maestría en Recursos Humanos. Su formación en las artes incluye cursos y talleres con artistas, curadores y docentes nacionales e internacionales. En 2021 completó el Máster en Fotografía: Teorías y Proyectos Artísticos de PHotoESPAÑA, ampliando una preparación que comprende narrativa visual, iluminación, procesamiento digital, crítica y curaduría fotográfica, así como guion y producción cinematográfica.

En su obra, la fotografía funciona como una herramienta de observación y una forma de elaborar experiencias personales. Sus imágenes exploran cómo habitamos los espacios y cómo el tiempo deja huellas en las personas, los objetos y los lugares. La naturaleza y la presencia humana, incluso cuando esta última solo se percibe a través de sus rastros, articulan una búsqueda que conecta lo íntimo con temas universales como el amor, la pérdida y la muerte.

Entre sus exposiciones individuales se encuentra Windows to Down Under, presentada en 2019 en el Museo de las Casas Reales, el Club Hemingway y el Club Casa de España. Posteriormente, Camino a Santiago se exhibió en Galería 360 y Casa de España entre 2019 y 2020, y en modalidad virtual en Galería Prada en 2022.

En Fugaces, Attías examina las relaciones entre memoria, espacio y tiempo a través de fotografías realizadas desde una cámara en movimiento. Las carreteras conectan paisajes y realidades sociales que aparecen momentáneamente ante la mirada y se desdibujan antes de poder ser retenidos. La serie convierte el desplazamiento en una reflexión sobre la percepción y la dificultad de fijar los recuerdos. Presentado en Madrid y seleccionado para el Festival Internacional Foto Arica de Chile en 2021, el proyecto se expuso en la Galería Arte San Ramón en 2022 y en la Universidad APEC en 2023. Su fotolibro homónimo se puso en circulación en 2022.

Su interés por el mundo natural se manifiesta en Corpus Naturae, exposición presentada en 2024 en la Galería Arte San Ramón y también exhibida en BlueMall Punta Cana. Ese mismo año presentó Recursos en la Universidad APEC.

En septiembre de 2025 inauguró Ensayos Íntimos en Sangiovanni Art Gallery, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

El libro de artista constituye otra vertiente importante de su producción. En Indicios, Attías reconstruye la vida de su madre tras su fallecimiento. Mediante fotografías, documentos, objetos y escritura, el proyecto aborda la memoria familiar, la herencia y el duelo, relacionando una historia personal con las experiencias de desplazamiento, trabajo y cuidado que atraviesan a distintas generaciones de mujeres.

En 2026 presentó Luces y sombras. Un recorrido hacia Compostela, publicación que reúne imágenes del Camino de Santiago y reflexiones entre el haiku contemporáneo y el diario personal. El libro aborda el peregrinaje como una experiencia de autoconocimiento y elaboración de la pérdida. Su presentación dio lugar a encuentros en la Galería Arte San Ramón, el Centro Cultural Banreservas y el Museo de la Catedral, vinculando fotografía, literatura y conversaciones sobre el duelo.

Su trayectoria expositiva incluye participaciones en República Dominicana, Europa, Estados Unidos, América Latina, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Entre los espacios y encuentros que han presentado su trabajo figuran PHotoESPAÑA, el Festival Internacional Foto Arica, Aqua Art Miami, Barcelona International Art Fair y el Salón Internacional de Arte Contemporáneo del Carrousel du Louvre. En 2026 participó en JUSTMAD, en Madrid, donde TimeArt formó parte de la sección JUST Latam.

En el ámbito nacional, su obra ha sido seleccionada en varias ocasiones para la Bienal Nacional de Artes Visuales. También ha participado en el Salón Bienal de Fotografía y Video del Centro de la Imagen en las ediciones de 2023 y 2025; en esta última fue seleccionada con Casa de Keiko / Pareja de Keikos. Entre sus reconocimientos se encuentra una Mención de Honor en la categoría Social-Media de Andares de la Ciudad Colonial, iniciativa dedicada al patrimonio artístico y urbano del centro histórico de Santo Domingo.

Su práctica también se extiende al cine. Es coguionista, junto a Eudys Cordero, y productora ejecutiva de Un salto al vacío (A Leap into the Void), cortometraje estrenado en República Dominicana en mayo de 2022 que aborda la violencia vicaria. En 2022, la película recibió el premio Best Women’s Short de los Independent Shorts Awards de Los Ángeles, Semifnalista en el Madrid Art House, y seleccionada en el Berlin Women Cinema Festival y fue finalista en el Cannes World Film Festival. También fue ganadora dos veces consecutivas en el Global Non Violent Film Festival.  El corto ha sido proyectado como pieza educativa en comunidades religiosas, instituciones educativas y culturales y usado en la terapia con hombres violentos en la República Dominicana y en España. 

Como fundadora y directora de la Fundación TimeArt, Attías vincula su trabajo creativo con el acceso a la educación. La organización apoya a jóvenes dominicanos mediante becas universitarias y desarrolla talleres, exposiciones, proyectos audiovisuales y actividades culturales. Desde esta labor, integra su interés por la creación artística con un compromiso con la formación y el desarrollo de nuevas generaciones. Es, además, miembro de Fotogrupo y de la Federación Internacional de Arte Fotográfico, según su biografía oficial.

IG / Website: @maryfrancesattias / www.maryfrancesattias.com

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Sitio web: www.maryfrancesattias.com

Fundación Timeart: www.timeart.org.do

¿En qué país vives? República Dominicana

¿Cómo te defines como fotógrafa? ¿Te identificas más con la fotografía de retrato, maternidad, paisaje, fotografía de calle u otro estilo? ¿Por qué?

Mary Frances Attías Antún es una artista visual, gestora cultural, filántropa y escritora dominicana cuya obra se sirve de la fotografía extendida, el video, la instalación, la pintura y la escritura para abordar temas como la memoria, la identidad, la ausencia y el duelo. Posee una Maestría en Fotografía, Teorías y Proyectos Artísticos de PhotoEspaña (Madrid), y ha completado talleres de narrativa visual, crítica, curaduría, cine, iluminación y edición en República Dominicana, España, Estados Unidos y América Latina.   Su obra ha sido presentada en Art Basel Miami – Aqua Art, Carrousel du Louvre (París), Photoimagen (Museo de Arte Moderno), Barcelona International Art Fair, Alliance Française Dubai, Festival Internacional Foto Arica, Museum of the Americas, Expo Urbana Lima y Art Space New York.  Su obra ha sido seleccionada y exhibida en las XXX y XXXI Bienales Nacionales de Artes Visuales del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, en la colectiva Mujeres y Resistencia en el MAM, y en la III Bienal de Fotografía y Video del Centro de la Imagen, así con en la Trienal Latinoamericana de New York en el 2025. Fundadora y directora de la fundación TimeArt, organización dedicada a la educación integral de jóvenes dominicanos mediante becas universitarias, talleres, audiovisuales y proyectos culturales usando el arte como eje transversal y apoyando a artistas emergentes.

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Victoria Thomen

¿Qué te inspiró a convertirte en fotógrafa y cómo ha evolucionado tu estilo a lo largo del tiempo?

La fotografía llegó a mi vida como una forma de detener el tiempo. Siempre he sentido que cada lugar, cada rostro y cada luz guardan una historia que se escapa si no la miramos con atención, y la cámara se convirtió en mi manera de mirar más despacio. Viajar fue el gran detonante: recorrer ciudades, caminos y culturas distintas me despertó la necesidad de registrar no solo lo que veía, sino lo que sentía al estar ahí. El regalo de una cámara profesional y un primer curso de fotografía fueron mi punto de partida. Ahora la cámara y la fotografía ya son parte de mi forma de ver el mundo y comprenderlo.  

Al principio mi mirada era la de una persona que documenta, que quiere guardar el asombro y registrar un instante para la posteridad. Con los años, esa mirada se fue volviendo más interior y se fue transformando en algo más artístico y evolucionado. El Camino de Santiago fue un punto de inflexión: en Luces y Sombras. Un recorrido hacia Compostela entendí que no fotografiaba paisajes, sino estados del alma, ese diálogo entre la luz y la oscuridad que también vivimos por dentro.

Más tarde, el blanco y negro me permitió despojar la imagen de lo accesorio y quedarme con lo esencial: el gesto, la soledad, el tránsito. Mi serie de calles de París, impresa sobre papel metalizado, nace de esa búsqueda: la ciudad como escenario de miradas que se cruzan sin encontrarse. 

Hoy mi trabajo ya no se queda en la fotografía pura. La intervengo, la llevo al lienzo, la combino con el collage, la acuarela, la instalación y el libro de artista. Me interesa la fotografía como punto de partida, no como punto final; como una huella que puede transformarse en otra cosa. Si tuviera que resumir esta evolución, diría que pasé de capturar el mundo a interpretarlo, y de interpretarlo a dialogar con él a mi manera.

¿Con qué cámara comenzaste a hacer fotografía y qué cámara usas hoy en día? ¿Cómo ha influido esta evolución en tu estilo y técnica?

Inicié con una Canon 7D y pasé por varios modelos de esta marca, incluyendo cámaras analógicas. Luego me moví a Sony y a Leica buscando algo más compacto y ligero.  Fotografío con todas ellas según mi necesidad y también con el celular. Soy de la opinión de que importa más el conocimiento, la mirada  y la técnica que el equipo que se use.  La evolución se produce con la práctica y con el estudio contínuo.  Es algo que no se detiene.  La fotografía hoy en día es arte y tecnología y nos exige mantenernos alerta y aprendiendo constantemente.

¿Qué impacto ha tenido tu identidad dominicana en tu visión y estilo fotográfico?

Amo mi país y para mí en mi práctica es importante documentar sus costumbres, su gente y sus paisajes.  Mis fotos de Carnaval, las de calle y las de los rincones de mi bello país lo reflejan. Así por ejemplo en mi serie Fugaces hago obras impresionistas con paisajes dominicanos usando la fotografía en movimiento como herramienta.  

¿Cómo utilizas la fotografía para contar historias y qué mensaje esperas transmitir con tu trabajo?

Para mí una fotografía casi nunca vive sola. Pienso en series, en secuencias, en recorridos, como quien escribe capítulos. Cada imagen es una frase, y es en el diálogo entre ellas donde aparece la historia. Por eso el libro es un formato tan importante en mi trabajo: me permite construir un ritmo, dar pausas, crear silencios entre una página y otra, igual que en un relato.

Me interesa más lo que se sugiere que lo que se muestra. Una sombra que atraviesa una calle, una vitrina que refleja a alguien que ya se fue, una bicicleta apoyada contra una pared: son fragmentos que invitan al espectador a completar la historia con su propia memoria. La luz es mi principal herramienta narrativa; con ella decido qué se revela y qué permanece en penumbra, y en esa tensión está gran parte del significado.

También cuento historias desde lo personal. En mis autorretratos, por ejemplo, el cuerpo y el paso del tiempo se convierten en tema, y la cámara deja de mirar hacia afuera para mirar hacia adentro. Ahí la fotografía se vuelve un ejercicio de honestidad.

El mensaje que espero transmitir es, sobre todo, una invitación a detenerse. Vivimos rodeados de imágenes que consumimos en segundos, y yo quisiera que mi trabajo provocara lo contrario: una mirada lenta, contemplativa. Me gustaría que quien vea mis fotografías descubra la belleza que habita en lo cotidiano, en lo efímero, en lo que pasa de largo. Al final, todas mis historias hablan del tiempo: de lo que se va, de lo que permanece y de cómo la mirada puede convertir un instante fugaz en memoria.

¿Crees que las mujeres fotógrafas de calle en la República Dominicana reciben el mismo reconocimiento que los hombres o que quienes trabajan en estudio y fotografía comercial? ¿Por qué sí o por qué no?

Creo que todavía no, aunque las cosas están cambiando. Y pienso que hay dos brechas distintas que se cruzan.

La primera tiene que ver con el género de la fotografía. La fotografía de calle es, por naturaleza, una práctica poco comercial: no responde a un encargo ni a un cliente, nace de la observación libre y de la paciencia. En un medio donde el reconocimiento suele ir de la mano de la visibilidad comercial, la publicidad, la moda o los eventos, el trabajo de autor queda muchas veces en segundo plano. No porque tenga menos valor, sino porque circula por otros caminos: el libro, la exposición, la feria, el coleccionismo.

La segunda brecha es la de ser mujer. Salir a la calle con una cámara no es la misma experiencia para una mujer que para un hombre. Hay que negociar con la seguridad, con la mirada de los otros, con la sensación de estar siempre un poco expuesta. Eso condiciona cómo, cuándo y dónde podemos trabajar. Y a eso se suma que, históricamente, los espacios de legitimación, los concursos, las colecciones, los textos críticos, han tenido más presencia masculina.

Dicho esto, veo con esperanza el momento actual. Cada vez hay más mujeres mirando la ciudad con una sensibilidad propia, más atenta a lo íntimo, a los gestos, a lo que suele pasar desapercibido. Y creo que esa mirada no solo merece reconocimiento, sino que enriquece la manera en que nos contamos como país. Por eso me interesa tanto trabajar con otras artistas y crear espacios compartidos: el reconocimiento no llega solo, también hay que construirlo juntas.

¿Qué consejo le darías a la próxima generación de fotógrafas dominicanas que sueñan con seguir este camino?

Lo primero que les diría es que no esperen el permiso de nadie. Ni la cámara perfecta, ni el momento ideal, ni la validación externa. La mirada se construye mirando, y eso se puede empezar hoy, con lo que tengan en las manos.

Les diría también que cultiven una voz propia. Es fácil dejarse llevar por lo que funciona en redes o por lo que hacen otros, pero lo que realmente permanece es lo auténtico. Pregúntense qué les conmueve, qué les inquieta, qué historias solo ustedes pueden contar. Esa es su fotografía.

Que lean, que viajen, que visiten exposiciones, que se acerquen a la pintura, a la literatura, al cine. La fotografía se alimenta de todo lo demás. Muchas de mis imágenes nacieron de un libro, de un recorrido o de una conversación, no de la cámara.

Que no le tengan miedo a la calle, pero que la recorran con inteligencia y cuidándose. Y que no le tengan miedo tampoco a mezclar lenguajes: intervenir una foto, llevarla al collage, convertirla en libro. No hay una sola manera de ser fotógrafa.

Y, sobre todo, que se acompañen. Que busquen a otras mujeres, que compartan, que se impulsen entre ellas. El camino del arte puede ser solitario, pero no tiene por qué serlo. Cuando una mujer abre una puerta, la deja abierta para las que vienen detrás.

Por último, les diría que tengan paciencia. El reconocimiento puede tardar, pero el trabajo constante y honesto siempre encuentra su lugar. Lo importante es no dejar de mirar.

Como mujer dominicana en la fotografía, ¿qué desafíos has enfrentado y cómo los has superado?

Uno de los primeros desafíos fue ganarme un lugar como artista y no solo como “mujer que fotografía”. Durante mucho tiempo, la fotografía de autor hecha por mujeres se miró como algo íntimo o secundario, y hubo que demostrar, con constancia y con obra, que había detrás una propuesta seria, coherente y con pensamiento.

Otro desafío ha sido trabajar desde una isla. El mercado del arte en la República Dominicana es pequeño, y llevar el trabajo más allá de nuestras fronteras exige mucho esfuerzo: conseguir apoyos, financiar proyectos, tocar puertas en el extranjero. Muchas veces no existían los espacios que necesitaba, así que decidí crearlos. Así nacieron la Fundación TimeArt y el sello editorial TimeArt Books: como una forma de producir, publicar y proyectar no solo mi trabajo, sino también el de otros artistas del Caribe.

También está el desafío de lo multidisciplinario. Cuando trabajas entre la fotografía, el collage, la acuarela, la instalación y la literatura, hay quien espera que te definas en una sola cosa. Yo aprendí a ver esa diversidad como una fortaleza y no como una dispersión. Todo forma parte de una misma búsqueda.

Y, por supuesto, está la calle. Fotografiar en el espacio público siendo mujer implica estar alerta, elegir bien los momentos y los lugares, y a veces sentirse observada mientras una observa. Con el tiempo convertí esa conciencia en parte de mi mirada: más pausada, más atenta, más silenciosa.

¿Cómo los he superado? Con trabajo constante, con paciencia y rodeándome de alianzas. Colaborar con otras artistas, con editoriales y con instituciones internacionales me ha enseñado que los caminos se abren mejor cuando se recorren acompañada.

Si pudieras capturar la esencia de ser una fotógrafa dominicana en una imagen, ¿cómo sería y por qué?

Sería una imagen al mediodía, en una calle de la Zona Colonial. Una pared antigua, pintada de un color intenso, gastado por el sol y la humedad. Sobre ella, la sombra de una mujer con una cámara en las manos. No se vería su rostro, solo su silueta proyectada, recortada por esa luz caribeña tan fuerte que casi no deja matices.

Elegiría la sombra porque habla de cómo muchas veces hemos estado presentes sin ser vistas: mirando, registrando, contando historias, pero desde un segundo plano. Y, al mismo tiempo, esa sombra existe gracias a la luz. Es una manera de decir que estamos aquí, que nuestra mirada deja huella.

La pared también tendría su propia historia: capas de pintura, grietas, rastros de otros tiempos. Esa es nuestra memoria, la de una isla con siglos de historia que todavía se está narrando. Y el color sería inevitable, porque ser dominicana es vivir en el color, en la intensidad, en el contraste.

Quizás en un rincón de la imagen pasaría alguien caminando, sin darse cuenta de que está siendo fotografiado. Porque eso es, para mí, la fotografía: estar atenta a lo que los demás pasan de largo.

En una sola imagen estaría todo lo que me define: la luz y la sombra, el tiempo, el tránsito y una mirada de mujer que observa en silencio, pero que no renuncia a contar.

Si pudieras colaborar con cualquier artista o marca, ¿quién sería y qué historia te gustaría contar a través de tu lente?

Me encantaría colaborar con Turner. Admiro profundamente su manera de entender el libro como un objeto de arte, donde la imagen, el diseño y la palabra forman un todo. Para alguien como yo, que también trabaja desde lo editorial, sería un sueño hacer un libro con ese nivel de cuidado y belleza.

La historia que me gustaría contar sería la del Caribe vista desde adentro, lejos de la postal turística. No las playas perfectas, sino la vida real: las calles al amanecer, las ventanas abiertas, las mujeres que sostienen la vida cotidiana, los mercados, las fiestas, las casas de colores que se desgastan con el sol. Un Caribe íntimo, con sus luces y sus sombras, contado con la paciencia de quien lo habita.

Me gustaría que ese libro fuera también un puente: que mostrara al mundo que nuestra región tiene una sensibilidad, una memoria y una estética propias, y que puede narrarse con la misma elegancia con la que se han contado París, Roma o Nueva York.

Y si pudiera soñar un poco más, invitaría a otras artistas del Caribe a participar. Porque una historia colectiva siempre es más verdadera que una mirada aislada.

¿Cómo sientes que tu fotografía destaca por encima de las demás?

No me gusta pensar en términos de estar por encima de nadie, porque cada fotógrafa tiene su propia verdad. Pero sí creo que mi trabajo tiene una voz que lo distingue, y que nace de varias cosas.

La primera es que no fotografío solo con los ojos, sino también desde la literatura, la pintura y el libro. Yo escribo, pinto acuarela, hago collage, y todo eso se filtra en mis imágenes. Por eso pienso mis fotografías como relatos, como series con un ritmo y una atmósfera, no como imágenes sueltas.

La segunda es mi relación con la luz y el tiempo. Me interesa el instante que está a punto de desaparecer: una sombra que se alarga, alguien que cruza la calle, una vitrina que refleja lo que ya pasó. Mi fotografía es contemplativa; invita a detenerse en un mundo que va demasiado rápido.

También creo que hay algo particular en mi punto de vista: soy una mujer caribeña que fotografía el mundo. Cuando retrato París, Compostela o Asia, lo hago con una sensibilidad formada en esta isla, en su luz, en su ritmo y en su manera de mirar a los demás. Esa mirada desde el Caribe hacia el mundo no es tan común, y la valoro mucho.

Y, por último, cuido la obra hasta el final. El papel, el formato, el enmarcado, la manera de exhibirla o de convertirla en libro forman parte del mensaje. Para mí, la fotografía no termina en el disparo: termina cuando llega, completa, a quien la mira.

¿Cómo crees que la comunidad de fotógrafas dominicanas puede crecer y apoyarse mutuamente?

Creo que el primer paso es dejar de vernos como competencia. El mercado puede ser pequeño, pero las oportunidades crecen cuando se comparten. Si una de nosotras expone en el extranjero, publica un libro o entra en una colección, abre un camino para todas.

Me gustaría ver más exposiciones colectivas, más proyectos pensados en conjunto. Cuando varias miradas dialogan en un mismo espacio, el resultado es más rico y tiene más fuerza. Lo he vivido al trabajar con otras artistas: cada una aporta su universo, y juntas contamos algo más grande.

También es fundamental la mentoría. Las que ya hemos recorrido parte del camino tenemos la responsabilidad de acompañar a las que empiezan: revisar portafolios, compartir contactos, explicar cómo se prepara una propuesta para una feria, cómo se negocia con una galería o cómo se edita un libro. Ese conocimiento práctico muchas veces no se enseña en ningún lugar.

Otro aspecto importante es la memoria. Necesitamos documentar y publicar el trabajo de las fotógrafas dominicanas, las de hoy y las que vinieron antes, para que nuestra historia no se pierda ni quede contada solo por otros. Desde lo editorial, ese es un compromiso que me tomo muy en serio.

Y, por último, apoyarnos de formas sencillas pero poderosas: asistir a las exposiciones de las demás, escribir sobre su trabajo, recomendarlas, adquirir su obra cuando sea posible. El apoyo también se demuestra estando presentes.

Una comunidad no se construye en un día, pero cada gesto de generosidad la hace más fuerte.

¿Crees que hay suficientes oportunidades para las mujeres fotógrafas en el país? ¿Qué cambios te gustaría ver en la industria?

Creo que hay más oportunidades que antes, pero todavía no las suficientes. Hay mucho talento, pero no siempre existen los canales para que ese talento se desarrolle, se vea y se sostenga en el tiempo. Muchas fotógrafas abandonan la fotografía de autor porque no encuentran cómo vivir de ella.

El primer cambio que me gustaría ver es más apoyo a los proyectos personales: becas, fondos de producción y residencias artísticas que permitan dedicarle tiempo a una serie o a un libro sin depender únicamente de encargos comerciales.

También me gustaría ver más paridad en los espacios donde se toman decisiones: jurados de concursos, comités curatoriales, direcciones de instituciones. Cuando hay más mujeres en esos lugares, cambian también las miradas que se valoran.

Otro punto clave es el coleccionismo. Las instituciones y los coleccionistas privados pueden jugar un papel enorme si incluyen de manera consciente obra de mujeres fotógrafas en sus colecciones. Eso no solo da sustento económico, también construye legado.

Me encantaría que hubiera más apoyo al fotolibro y a la edición. El libro es una de las formas más duraderas de que una obra circule y permanezca, y producirlo sigue siendo muy costoso para la mayoría.

Y, por último, quisiera que la empresa privada se involucrara más en la cultura, no solo como patrocinadora puntual, sino como aliada a largo plazo. Cuando el arte recibe un respaldo constante, deja de ser un esfuerzo heroico y se convierte en una carrera posible.

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Yaisa Grassals Castillo